The Inner Fire – Sex, Drugs & Folk Music
A las once, Londres ya se había aflojado el cuello de la camisa.
Los teatros se vaciaban.
La música se escapaba por puertas de sótano.
Los coches se detenían donde la gente respetable prefería no ser reconocida.
Y en algún lugar, detrás de una fachada perfectamente normal—
media ciudad parecía pasárselo bastante mejor de lo que estaría dispuesta a admitir a la mañana siguiente.
—
ELJARA:
«Te gusta este sitio.»
—
SEAN:
«Me gusta cualquier lugar donde la gente deje de fingir durante cinco minutos.»
—
ELJARA:
«Eso ha sonado peligrosamente sincero.»
—
SEAN:
«Tranquila. Se me pasará.»
—
Dentro:
música.
Alcohol.
Cartas.
Baile.
Una sala de boxeo.
Un pasillo con puertas discretas.
—
ELJARA:
«¿Todo en el mismo edificio?»
—
SEAN:
«Práctico.»
—
ELJARA:
«Degenerado.»
—
Sean la miró.
—
ELJARA:
«Estoy citando a los periódicos.»
—
SEAN:
«Pues los periódicos tendrían que salir más de casa.»
—
Empezó a sonar un violín.
Un oficinista bailaba con una costurera.
Un teniente bebía con un estibador.
Una mujer con perlas se reía tan fuerte que parecía haberse olvidado de que debía guardar las formas.
—
ELJARA:
«Mañana la mitad de esta gente ni se saludaría.»
—
SEAN:
«La noche ve peor.»
—
ELJARA:
«O mejor.»
—
Tras otra puerta rugió la multitud.
Dos hombres combatían dentro de un cuadrilátero.
Reglas.
Asaltos.
Un árbitro.
Dinero cambiando de manos.
—
ELJARA:
«Pensaba que los caballeros resolvían sus diferencias hablando.»
—
SEAN:
«Lo hacen.»
—
Entró un golpe.
—
SEAN:
«A este se le deben de haber acabado las palabras.»
—
El combate terminó.
Los hombres se dieron la mano.
Después se fueron juntos a beber.
—
ELJARA:
«Casi decepcionantemente civilizado.»
—
SEAN:
«Ese es el asunto.»
—
ELJARA:
«La violencia no ha desaparecido.»
—
SEAN:
«Le han puesto reglas.»
—
De vuelta en el salón, vieron a Sir Malcolm Wetherby entre la multitud.
Banquero.
Miembro destacado de su parroquia.
Defensor público de la reforma moral.
Aquella noche—
borracho.
Cantando.
Fatal.
—
ELJARA:
«Ay, esto es una maravilla.»
—
SEAN:
«Déjalo.»
—
Wetherby los vio.
La canción murió.
Regresó el caballero.
—
WETHERBY:
«Confío en que esto quede entre nosotros.»
—
ELJARA:
«¿Por qué?»
—
WETHERBY:
«Uno tiene una reputación.»
—
ELJARA:
«También las personas a las que condena en público.»
—
Su expresión se endureció.
—
WETHERBY:
«Eso es completamente distinto.»
—
Sean suspiró.
—
SEAN:
«Ahí está.»
—
WETHERBY:
«¿El qué?»
—
SEAN:
«La frase mágica.»
—
ELJARA:
«Lo suyo es diversión.»
—
Miró alrededor.
—
ELJARA:
«Lo de los demás es vicio.»
—
Wetherby no respondió.
—
Más tarde, Sean y Eljara observaron a la gente bailar.
Reían.
Gritaban.
Flirteaban.
Perdían dinero.
Ganaban dinero.
Se olvidaban de sí mismos.
Tal vez se encontraban.
—
ELJARA:
«¿La gente necesita sitios así?»
—
SEAN:
«Sí.»
—
ELJARA:
«¿Tan seguro?»
—
SEAN:
«Aye.»
—
Hizo una pausa.
—
SEAN:
«No necesariamente este lugar.»
—
«Pero alguno.»
—
«Un sitio donde no tengas que ser útil.»
—
«Ni respetable.»
—
«Ni el oficial de alguien.»
—
«Ni la esposa de alguien.»
—
«Ni el hijo de alguien.»
—
«Ni el puñetero ejemplo de nadie.»
—
Eljara lo observó.
—
ELJARA:
«Un lugar donde puedas ser simplemente Sean.»
—
SEAN:
«Cuidado.»
—
ELJARA:
«¿Por qué?»
—
SEAN:
«Eso casi ha sonado cariñoso.»
—
Ella aceptó una copa.
—
SEAN:
«¿Ah, sí?»
—
ELJARA:
«Investigación.»
—
SEAN:
«Naturalmente.»
—
Durante un rato dejaron de analizar nada.
Escucharon.
Rieron.
Sean cantó.
Mal.
Eljara se lo hizo saber.
Varias veces.
—
Después miró al otro extremo del salón.
—
ELJARA:
«Quizá esto sea precisamente lo que seguimos olvidando.»
—
SEAN:
«¿El qué?»
—
ELJARA:
«El fuego necesita aire.»
—
Sean la miró.
—
ELJARA:
«Si lo cierras del todo…»
—
«…se apaga.»
—
SEAN:
«O te revienta la caldera.»
—
ELJARA:
«Exactamente.»
—
Al fondo del salón se abrió una puerta estrecha.
Solo por un instante.
Detrás esperaban varios hombres y mujeres con pequeñas invitaciones negras.
Nada de alcohol.
Nada de música.
Nada de risas.
Entraron.
La puerta volvió a cerrarse.
—
ELJARA:
«¿Qué hay ahí dentro?»
—
Sean observó la puerta.
—
SEAN:
«Ni idea.»
—
ELJARA:
«¿Curiosidad?»
—
Sean volvió a mirar hacia la música.
—
SEAN:
«Mañana.»
—
Por una vez eligió la fiesta.
—
THE INNER FIRE – SEX, DRUGS & FOLK MUSIC
La sociedad respetable exigía autocontrol.
Así que construyó lugares donde ese autocontrol podía aflojarse.
El cuadrilátero puso reglas a la violencia.
La mesa de juego dio etiqueta a la codicia.
El bar dio compañía a la embriaguez.
La pista de baile dio al cuerpo permiso para moverse.
Quizá esos lugares no fueran lo contrario de la civilización.
Quizá fueran parte de lo que la mantenía en pie.
La hipocresía empieza cuando el desahogo de uno se llama diversión—
y el de otro, vicio.
¿Dónde termina un desahogo sano y dónde empieza el autoengaño? ¿El problema está realmente en cómo soltamos presión, o en las historias que nos contamos para convencernos de que nuestra propia forma de hacerlo es más respetable? En Mythveil Chronicles esas contradicciones forman parte del mundo y de las decisiones de los jugadores. https://startplaying.games/gm/dunchan
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