LA TIERRA BAJO SUS PIES

Andaluria: Blood & Desire · Monster, Myth & Humanity · Octubre · Semana 3 — Los muertos tienen asuntos pendientes aquí

Eljara y Sean con los vecinos entre tumbas olvidadas y arcos en ruinas cubiertos de niebla.

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Eljara y Sean — Mythveil Chronicles


SEAN:

«Alguien debería decirle al alcalde que los muertos no van a esperar a la próxima reunión del concejo.»

ELJARA:

«Por lo visto, ya lo han hecho.»

«¿Esperar?»

«Trescientos diecisiete años.»

Sean se inclinó sobre la mesa.

«¿Es una queja?»

«Una petición.»

«¿De quién?»

«De los descendientes de las familias enterradas bajo el barrio oriental.»

«¿Descendientes vivos?»

«Algunos.»

«¿Y los demás?»

Eljara pasó la página.

«Eso es precisamente lo que intentamos averiguar.»

Fuera, la vieja campana de hierro junto a la puerta del agua sonó siete veces.

Nadie la había utilizado durante generaciones.

Sean miró hacia la ventana.

«Bueno. Al menos alguien lleva la cuenta del tiempo.»


ELJARA:

«El barrio oriental se construyó sobre una ciudad más antigua.»

SEAN:

«Como casi todas las ciudades.»

«Esta tiene un problema particular.»

«¿Solo uno?»

«Una antigua maqbara. Un cementerio perteneciente a familias cuya comunidad perdió sus derechos, sus tierras y, con el tiempo, buena parte de su lugar en la historia de la ciudad.»

«¿Y las tumbas?»

«Algunas quedaron abandonadas. Otras fueron alteradas. Retiraron las lápidas y las reutilizaron como piedra de construcción.»

«¿Dónde?»

«Entre otros lugares, en la capilla de Santa Inés.»

Sean se acarició la barba.

«Así que los vivos construyeron sus casas sobre los muertos.»

«Sí.»

«Y ahora los muertos quieren algo.»

«Quizá.»

«¿Qué dice la petición?»

Eljara la dejó entre los dos.

«Identificar las tumbas. Proteger lo que queda del cementerio. Reconocer públicamente que allí hubo personas enterradas.»

«¿Nada de venganza?»

«No la piden.»

«¿Ni amenazas?»

«Todavía no.»

Sean asintió.

«Parece razonable.»

«Entonces deberíamos preguntarnos por qué el concejo no ha aceptado.»


SEAN:

«Déjame adivinar. Dinero.»

ELJARA:

«Propiedad. Leyes. Política. Y dinero.»

«La alegre colección de siempre.»

«En el barrio oriental hay casas, tiendas, una escuela y el mercado. El alcalde teme que reconocer las tumbas ponga en peligro los derechos de propiedad actuales.»

«¿Lo hará?»

«Es posible.»

«Así que los muertos quieren que se respeten sus tumbas y los vivos no quieren perder sus casas.»

«Exactamente.»

«Y nadie sabe quién tiene derecho a decidir.»

«Ahora empiezas a entender el problema.»

Sean miró hacia la puerta del agua.

La campana sonó una vez.

«Y los muertos están perdiendo la paciencia.»


En la audiencia pública, el sacerdote de la capilla llevó su registro de enterramientos.

Yusuf, un estudioso descendiente de una de las antiguas familias andalusíes de la ciudad, llevó documentos conservados por quienes se habían marchado generaciones atrás.

Un mercader insistió en que su abuelo había comprado legalmente el almacén.

Una viuda preguntó si alguien pensaba dejar a sus hijos sin hogar.

Entonces se levantó Martín, un albañil anciano.

«Ayudé a reparar la capilla después de la inundación.»

La sala enmudeció.

«Sacamos piedras del cercado antiguo. Algunas tenían inscripciones.»

«¿Sabíais qué significaban?», preguntó el alcalde.

«No. Pregunté. El maestro dijo que eran marcas antiguas. Nada importante.»

Martín tragó saliva.

«Usé una como piedra de entrada.»

La viuda bajó la mirada.

«Mis hijos la han pisado todos los días.»

Yusuf habló en voz baja.

«Eso no hace culpables a sus hijos.»

Martín lo miró fijamente.

«Entonces, ¿quién lo es?»

Desde debajo del suelo del mercado llegaron tres golpes lentos.

Nadie respondió.


SEAN:

«Eso anima.»

ELJARA:

«¿El qué?»

«Llaman en lugar de tirarnos el tejado encima.»

«Una interpretación optimista.»

«Estoy probando algo nuevo.»

Eljara extendió tres documentos sobre la mesa.

«Un registro cristiano de enterramientos. Un documento andalusí más antiguo. Una lista de nombres copiados de las piedras bajo la capilla.»

«¿Y?»

«Algunos nombres aparecen dos veces. Otros faltan. Las familias enterradas allí no vivieron todas bajo las mismas leyes.»

«Así que los muertos no forman una sola comunidad.»

«Ni necesariamente quieren lo mismo.»

Sean se sentó.

«Me estás diciendo que podríamos tener una disputa política entre muertos.»

«Te estoy diciendo que morir no hace que todo el mundo esté de acuerdo.»

Él suspiró.

«Maravilloso.»


Tres noches después, apareció una mujer junto al pozo público.

Tenía la ropa mojada. Un sencillo velo de lino pálido le cubría el pelo. Llevaba una pequeña jarra de barro.

Pidió agua.

Un muchacho le trajo una taza.

La mujer la rechazó y señaló el pozo.

«Demasiado profundo.»

Después desapareció.

A la mañana siguiente, el encargado descubrió que el revestimiento de piedra del pozo se había agrietado.

Debajo había una estructura más antigua.

Y bajo ella, un pasadizo que conducía hacia el cementerio.

SEAN:

«Un aviso útil.»

ELJARA:

«Posiblemente.»

«Les dijo que el pozo era peligroso.»

«O les pidió que miraran debajo.»

«O quería agua.»

«Rechazó la taza.»

«Quizá no le gustó.»

Eljara lo miró largamente.

«¿Qué?»

«Tienes un talento extraordinario para convertir los encuentros sobrenaturales en pequeños problemas domésticos.»

«Alguien tiene que hacerlo.»


El sacerdote y Yusuf pasaron la tarde comparando los registros funerarios.

«Estos son los nombres por los que hemos rezado», dijo el padre Rodrigo.

«Y estos son los nombres que no conocíais», respondió Yusuf.

Rodrigo estudió la escritura desconocida.

«No puedo leerlos.»

«Yo sí.»

«Entonces quizá deberías hacerlo.»

Trabajaron durante una hora.

Algunos nombres pertenecían a niños.

Otros a mercaderes, agricultores, estudiosos y artesanos.

Varios estaban demasiado dañados para recuperarlos.

En un momento dado, Rodrigo preguntó si una tumba pertenecía a un hombre o a una mujer.

Yusuf examinó el fragmento.

«No lo sé.»

Rodrigo asintió.

«Entonces deberíamos escribir eso.»

Ninguno intentó convertir sus oraciones en una sola.

Ninguno pidió al otro que abandonara sus creencias.

Intentaban descubrir quién yacía bajo la ciudad.


El alcalde anunció su solución al atardecer.

Trasladar las lápidas que quedaban a un jardín conmemorativo fuera de las murallas.

Celebrar una ceremonia.

Seguir construyendo.

No prometió investigar las tumbas restantes.

No invitó a Yusuf a hablar.

Aquella noche cambió el barrio oriental.

Una mujer que volvía del mercado encontró un patio desconocido junto a su casa.

Un panadero abrió el sótano y descubrió unas escaleras que descendían bajo un antiguo canal de agua.

Los niños oyeron voces bajo el suelo que pronunciaban nombres que sus padres no reconocían.

Junto a la puerta del agua, la campana de hierro empezó a sonar.

No se detuvo.

A medianoche, nadie sabía ya cuánto medía el barrio oriental.

Ni cuántos años tenía.


SEAN:

«Bien. Esto es peor.»

ELJARA:

«Bastante peor.»

«¿Podemos sacar a la gente?»

«A algunos. Las calles siguen cambiando.»

«Entonces marquemos los caminos seguros.»

«¿Con qué?»

«Cuerdas. Tiza. Faroles. Gente que conozca las calles.»

«¿Qué calles?»

«Las que estaban ayer.»

Eljara señaló un mapa más antiguo.

«¿Y las que estaban hace tres siglos?»

Sean observó las líneas superpuestas.

«Yusuf.»

«Y Rodrigo.»

«Las familias antiguas.»

«Y los albañiles.»

Él asintió.

«Entonces será mejor escuchar a cualquiera que recuerde algo de ellas.»


Se reunieron en el mercado.

Los guardias llevaron faroles.

Los albañiles, herramientas.

Los mercaderes, carros.

Rodrigo llevó el registro de la capilla.

Yusuf, los antiguos documentos funerarios.

Las familias llegaron con mapas, cartas e historias.

Una abuela recordaba una fuente que había desaparecido antes de que ella naciera.

Un mercader sabía dónde cruzaba un canal subterráneo el mercado.

Una niña recordaba a su abuelo describiendo un callejón junto al antiguo cementerio.

Cada detalle ayudaba.

La ciudad atravesaba fragmentos de su propio pasado.

No habían regresado simplemente los muertos.

Las calles estaban recordando.


La procesión comenzó antes del amanecer.

No era una única ceremonia religiosa.

Rodrigo caminaba con miembros de la hermandad, llevando los nombres conservados en el registro de la capilla.

Yusuf acompañaba a las familias cuyos antepasados habían sido enterrados en la antigua maqbara.

Algunos rezaban.

Otros guardaban silencio.

Los guardias llevaban faroles.

Los albañiles, soportes para los pasadizos inestables.

La viuda acudió con sus hijos.

Sean caminaba junto a ella.

Eljara iba delante.

En el primer giro, el pavimento se volvió más antiguo.

Apareció un arco donde antes no había nada.

Del otro lado llegó el sonido del agua corriente.

Después, voces.

Cientos de nombres.


SEAN:

«Están por todas partes.»

ELJARA:

«Escucha.»

«¿Qué?»

«El orden.»

Los nombres no se pronunciaban al azar.

Algunos se repetían.

Otros recibían respuesta.

A unos pocos les seguían largos silencios.

Yusuf escuchó.

«Son lugares de enterramiento.»

Rodrigo lo miró fijamente.

«¿Qué?»

«Los nombres. Están agrupados.»

«¿Familias?»

«Quizá. O hileras de tumbas.»

Eljara miró hacia el pasadizo.

«Nos están diciendo dónde fueron enterrados.»

Sean observó la oscuridad.

«O nos están llevando a algún sitio.»

«Ambas cosas son posibles.»

«Por supuesto.»


Bajo un patio derrumbado encontraron la tumba de una niña.

La lápida había sido colocada boca abajo y utilizada como parte de los cimientos.

Yusuf leyó la inscripción dañada.

Un nombre.

Un progenitor.

Una oración.

La hija menor de la viuda empezó a llorar.

«No encuentra a su mamá.»

Sean se arrodilló a su lado.

«¿Quién no la encuentra?»

«La niña.»

No había ninguna aparición visible.

Solo la tumba.

Eljara se agachó junto a la pequeña.

«¿Puedes preguntarle algo?»

La niña asintió.

«Pregúntale si recuerda el nombre de su madre.»

La pequeña escuchó.

Después susurró una respuesta.

Yusuf levantó la cabeza de golpe.

«Ese nombre está en el registro funerario.»

«¿Dónde?», preguntó Sean.

«Al otro lado del camino antiguo.»

Eljara se levantó.

«Entonces quizá sepamos por dónde empezar.»


Llegaron al recinto funerario central bajo un cielo que se negaba a aclararse.

Tres lápidas descansaban sobre una plataforma de piedra.

Una llevaba una inscripción árabe.

Otra, una cruz latina posterior.

La tercera había sido raspada hasta quedar lisa.

A su alrededor había figuras.

Una mujer con un niño.

Un anciano con un bastón.

Un soldado con una lanza rota.

La mujer habló.

Yusuf tradujo.

«Quieren que se devuelvan las piedras.»

Respondió otra voz.

Rodrigo escuchó.

«Dicen que no deben abrirse las tumbas.»

Se alzó una tercera voz.

Ninguno de los dos la comprendió.

Eljara miró a Sean.

«Ahí lo tienes.»

«¿Qué?»

«Los muertos no están de acuerdo.»

Sean contempló las figuras.

«Maravilloso.»


ELJARA:

«¿Quién tiene autoridad para decidir qué ocurre aquí?»

SEAN:

«El alcalde cree que la tiene.»

«¿El sacerdote?»

«Puede hablar por su comunidad.»

«¿Yusuf?»

«Por la suya.»

«¿Los descendientes?»

«Merecen ser escuchados.»

«¿Y los muertos?»

Sean miró a las figuras que aguardaban.

«Desde luego están haciéndose oír.»

«Pero escuchar una exigencia no significa que debamos obedecerla.»

«¿Porque los muertos pueden equivocarse?»

«Porque algunas exigencias pueden perjudicar a los vivos. Morir no convierte a nadie en infalible.»

Sean lo pensó.

«Entonces, ¿qué hacemos?»

«Empezamos por quién está en peligro. Qué puede repararse. Y qué no debe hacerse sin consentimiento.»

«¿Y si no podemos satisfacer a todos?»

«Les decimos la verdad.»


Eljara avanzó hasta la plataforma de piedra.

No se arrodilló.

No desenvainó un arma.

«Sabemos que se alteraron tumbas. Se borraron nombres. Se retiraron piedras.»

Las figuras permanecieron inmóviles.

«No podemos deshacer tres siglos.»

Un murmullo recorrió el recinto.

«Pero podemos dejar de causar más daño.»

Sean se puso a su lado.

«Protegeremos las tumbas que quedan. Identificaremos las que podamos. Devolveremos las lápidas cuando sea posible y apropiado.»

«Consultaremos a las familias», continuó Eljara. «No moveremos a los muertos simplemente porque sus lugares de descanso molesten a los poderosos.»

El anciano habló.

Yusuf tradujo.

«Pregunta si quitaréis las casas.»

La viuda dio un paso adelante.

«Mis hijos viven en una de esas casas.»

Las figuras se volvieron.

«Yo no la construí. No cogí vuestras piedras. No lo sabía.»

Le temblaba la voz.

«Pero ahora sí lo sé.»

La mujer con el niño la observó.

Entonces el soldado levantó la lanza rota.

Rodrigo escuchó.

«Quiere que se vacíe la ciudad.»

Sean llevó la mano hacia su arma.

Eljara le sujetó la muñeca.

«Todavía no.»

Miró al soldado.

«No.»

La palabra resonó entre las piedras.

«Habéis sufrido una injusticia. Eso no os da derecho a hacer daño a todos los que vinieron después.»

El suelo tembló.

Entonces habló la mujer con el niño.

Yusuf bajó la mirada.

«Dice que los niños no son responsables.»

El soldado bajó la lanza.

A regañadientes.

Pero la bajó.


El acuerdo fue costoso.

Se protegería el antiguo camino funerario.

Se detendrían las obras sobre las tumbas identificadas hasta examinar cada lugar.

Se documentarían y restaurarían las lápidas supervivientes cuando fuera posible.

Se conservarían los registros funerarios cristianos y musulmanes sin forzarlos a formar un único relato religioso.

Se consultaría a las familias antes de trasladar restos.

Los vivos no perderían sus hogares solo para satisfacer la ira de una aparición.

Nadie aplaudió.

No era esa clase de victoria.


SEAN:

«¿Será suficiente?»

ELJARA:

«No lo sé.»

«Tú negociaste el acuerdo.»

«Negocié lo que los vivos podían prometer honestamente.»

«¿Y los muertos?»

«Algunos aceptaron.»

«Otros no.»

«No.»

«Entonces esto no ha terminado.»

«Por supuesto que no.»

Sean suspiró.

«¿Tú terminas algo alguna vez?»

«A veces.»

«¿Cuándo?»

«Cuando terminan las consecuencias.»

«¿Y eso es?»

«Casi nunca.»


Las calles regresaron poco a poco.

Retiraron la piedra del umbral de la capilla.

El antiguo cementerio quedó protegido.

Identificaron algunas tumbas.

Muchas otras no.

La viuda conservó su casa, aunque el sótano permaneció cerrado hasta asegurar los cimientos.

Rodrigo y Yusuf siguieron comparando registros.

A veces estaban de acuerdo.

A veces discutían.

Ninguno dejó de hacerlo.

La campana de hierro junto a la puerta del agua enmudeció.

Durante trece noches.

En la decimocuarta sonó una vez.


SEAN:

«No me lo digas.»

ELJARA:

«Alguien ha encontrado otra piedra.»

«Por supuesto.»

«Bajo el molino viejo.»

«¿De quién es el nombre?»

Eljara le entregó la inscripción.

Sean la leyó.

Y volvió a leerla.

«Es imposible.»

«Parece que no.»

«Es el hombre que ordenó despejar los cementerios.»

«Sí.»

«¿Y está enterrado entre las personas a las que desplazó?»

«No solo eso.»

Pasó la página.

«Según la inscripción, él mismo pidió que lo enterraran allí.»

Sean miró hacia la puerta del agua.

«¿Por qué?»

La campana volvió a sonar.

Eljara esbozó una sonrisa.

«Esa sí es una pregunta que merece investigarse.»

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